jueves, 24 de enero de 2013

Hablemos de mi relación con los libros

El post de hoy va a ser un poco bastante off topic, pero entre mis propósitos de año nuevo se encuentra el de escribir en el blog al menos una vez al mes y no abandonarlo del todo mientras atiendo a otros proyectos más importantes. 

Hablemos, pues, de mi relación con los libros...

Podría definirla como la relación que tendría con un amante ocasional: periodos pasionales en los que somos uno alternados con periodos más fríos de encuentros breves y menos intensos.
Ahora me encuentro en uno de los primeros (no con un amante, con los libros).

Desde que aprendí a leer, que no fue el día que me enseñaron que la m con la a es ma sino aquel en el que cogí un libro por mi propia voluntad y me senté tranquilamente a disfrutar con lo que tenía que contarme (La isla del tesoro, lo recuerdo como si fuera hoy); desde que aprendí a leer, decía, los libros han sido mis amantes ocasionales. Y como tales, acudo a ellos cuando los necesito.

Mi carné de la biblioteca tiene unos 17 años. Bueno, realmente no era una biblioteca, era el Bibliobús, soy de pueblo y allí no había esas modernidades. Empecé a usarlo de verdad cuando un joven profesor de Literatura (aire fresco en un colegio de curas donde la media rondaba los 50 años) me descubrió el romanticismo terrorífico de Edgar Allan Poe. Cuando llegó el día que pasaba el Bibliobús, me presenté ante mi querida bibliotecaria y le dije que yo quería el libro donde apareciera el cuento del Corazón delator (el que nos había leído nuestro profe en clase). Pero no me paré ahí, porque al mes siguiente cuando le devolví ese libro de cuentos, le pedí muchos más, todos los que tuviera (dado que es un autobús con estanterías de libros de todo tipo, no podían ser muchos en aquel momento) y le hice remover el mágico almacén donde yo imaginaba que tendrían los libros para que no me quedara ninguno de aquellos maravillosos cuentos sin leer.

Una vez que se me agotó Poe (o al menos cuando agoté todo lo que el Bibliobús podría ofrecerme de Poe) llegó la época en la que descubrí, de la mano de mi hermano, El Señor de los Anillos y todo lo que ello conlleva. Recuerdo que en las vacaciones de Navidad del cole me llevó a ver La Comunidad del Anillo y volví tan impresionada que antes de volver a las clases ya me había leído El Hobbit (antes de que fueran tres películas) y empezaba a leer el libro de la película que acababa de ver.
Ni que decir tiene que antes del estreno de Las Dos Torres yo ya me había leído la trilogía completa y El Silmarillion de propina. Y me da vergüenza decir algo así, pero Peter Jackson no consiguió saltarme las lágrimas como el propio Tolkien con la muerte de Boromir, por más emocionantes que fueron las escenas de la película.

Aquella época también pasó (no del todo, sigo haciendo relecturas periódicamente) y llegó la de la novela (más o menos) histórica y la novela a secas, con Pérez-Reverte (¡decía muchos tacos!) y Matilde Asensi como estrellas principales. Varias aventuras del Capitán Alatriste pasaron por mis manos (reconozco que las dejé en un punto que ya no recuerdo, por repetitivas), La tabla de Flandes, El maestro de esgrima, Territorio Comanche y, mi favorita, Cachito, junto con Iacobus y sus caballeros del Temple, El origen perdido y sus piratas informáticos aventureros, o El salón de ámbar y muchas más cuyos títulos ya se mezclan en mi memoria.

También me he leído los best sellers de turno, que mi querida bibliotecaria me dejaba mezclados con los demás (¡éstos léetelos antes, que la gente los pide más! Pero te los dejo a ti primero porque sé que a la próxima me los devuelves; siempre me perdona los plazos y por eso le tengo tanto cariño). 

Sigo sacando libros en el Bibliobús, supongo que para no distanciarme tanto del pueblo y de mi infancia y adolescencia. Ahora me perdona cada vez más los plazos y, como son mis padres los que se encargan de devolver los libros, es a ellos a los que les dice que no me preocupe y que los devuelva cuando pueda. Ella ya sabe lo que me gusta y, si no tiene lo que le pido, siempre lo busca y hasta me lo envia por correo (lo hizo cuando le pedí Fahrenheit 451, no lo tenía en ese momento, pero sabía que estaba en el almacén, ese almacén mágico de los libros que yo me sigo imaginando).

Y hablo tanto del Bibliobús porque es de donde saco una cuarta parte de los libros que leo. Otro cuarto procede de los que hay en casa y todavía no me he leído (pocos, muy pocos en realidad). Los tres cuartos los completan los libros que tomo prestados a mi hermano y el cuarto que queda lo ocupan los libros de segunda mano que me compro cada vez que encuentro algún puesto en la calle.
Compro pocos libros, nuevos muy pocos. La principal razón es que mi bolsillo y las sucesivas mudanzas no me lo permiten y la razón subyacente es que me gusta el papel viejo y la relación que estableces con la persona a la que le pides prestados los libros (dicen las malas lenguas que los libros prestados nunca vuelven, pero si bien es cierto que a veces los devuelvo tarde, nunca me quedo con los que no son míos). También se pueden imaginar que si mi bolsillo no me permite comprar libros, mucho menos aparatos de esos en los que se pueden leer, pero que pesan menos.

En los últimos tiempos también utilizo BookMooch, un servicio online que te permite decir los libros que ya no quieres para que los demás se los puedan llevar. Me he deshecho así de algunos libros que tenía y que probablemente no volviera a leer y también he conseguido otros que quiero leer y no tenía.

Como decía un poco más arriba, acudo a los libros como al amante ocasional, cuando necesito algo de ellos. Y lo que les suelo pedir es compañía. Desde niña he sido una persona tímida y solitaria, y la compañía de los libros ha sido, en muchas ocasiones, la mejor compañía que he podido tener.
Los libros me ayudaron a relajarme la noche antes de un examen, también a olvidar la tristeza y el vacío que deja una pareja que se va o a atenuar por un corto espacio de tiempo problemas de salud.

Los libros han sido mis compañeros hasta ahora y creo que lo serán hasta que ya no pueda leer, e incluso entonces pediré que me lean. 

Decía Marilyn que los diamantes son los mejores amigos de una chica. A pesar de que nadie despreciaría un buen trozo de carbono cristalizado, los mejores amigos de esta chica son los libros.


Si quieren echar un vistazo a lo que leo, abajo a la derecha hay un widget de GoodReads, y pueden agregarme allá si así lo desean.
También hace poco que he abierto un Tumblr en el que pongo fragmentos de algunos de los libros que leo, por si quieren pasarse por allí.


6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. No sé si eso dice mucho sobre todos los anteriores... :P

      ¡Gracias! ^^

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  2. Muchos libros comprenden mejor que algunas personas. Y un buen libro reconforta mejor que muchas personas.

    Un saludo

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  3. La isla del Tesoro es un valor seguro, tiene un marino misterioso, un ciego siniestro, un barco lleno de piratas borrachos, un tesoro, un pringado abandonado por pringado ¡Y Long John Silver! ¡El mejor malo del mundo mundial! De hecho puede que sea la primera novela en la que el malo es mucho más importante que los buenos. CUando Diego era pequeño se la leía por las noches y casi disfrutaba yo más que él. Y él disfrutaba, no veas como me hacía los coros JOUJOUJOU!!! Y UNA BOTELLA DE RON!!!!

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    1. Tengo que reconocer que Long John Silver me daba bastante canguelo, sobre todo cuando me quedaba hasta tarde leyendo :-)

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